Hasta siempre

viernes, 11 de septiembre de 2009
El hombre caminaba con presteza, era su último viaje, el tren estaba apunto de salir y él no podía llegar tarde. Marchaba esquivando a la gente, decenas de personas recorrían el lugar de un lado para otro, todas ellas con historias diferentes, algunas felices, otras tristes e incluso alguna fantástica. Entre ese lugar, evitando tantas historias, caminaba raudamente, su último viaje estaba a punto de partir. Junto a los últimos avisos del revisor, una femenina voz surgió de entre el murmullo de las historias vivientes, una delicadeza inconfundible que parecía susurrarle en los oídos. El hombre no se giró, no era capaz. Ni siquiera cuando la mujer casi había logrado alcanzarle con sus desesperados dedos, ya era tarde, él habí­a subido al tren. Desde una ventanilla al fin la observa, pues ya no había lugar para el arrepentimiento, el tren comenzó su movimiento, y sus miradas se entrelazaron entre desarraigados pensamientos. Junto a un sufrimiento invisible, él al fin pregunta: ¿Estarías allí si volviera? La mujer parecía dudar unos breves instantes en los que aparté su mirada casi llorosa. Pasados unos segundos, logré responder. Él no la pudo escuchar, el tren ya estaba lejos, el último viaje había llegado, entre sentimientos mudos y heridas recientes.

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